Pablo Carbonell en Hondarribia

Publicado: 2014/07/13 de QK en Basconia / Euskal Herria, mosica / musika
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No soy amigo de conciertos. Me parecen una reminiscencia arcáica de cuando eran, junto a los pasacalles y los recitales privados, la única forma de acceder a la música. Y desde que es posible disfrutarla en tu casa, sentado o tumbado tan a gustito, al volumen y con la ecualización que a ti te gusta, sin que te estafen por un trago en vaso de plástico y –sobre todo– sin tener que soportar la contaminación humana a tu alrededor, no veo la necesidad de automartirizarte asistiendo a un concierto.

Hondarribia.Blues.Festival2014Pero era sábado y no quería salir en plan destroy porque al día siguiente madrugaba para ir a Balmaseda. Además era en Hondarribia, un hermosura de villa por la que siempre es un placer deambular. Y el paseíto me venía bien para escapar de la cutre vulgaridad del Irun mantxurriano y para rebajar esas lorzas que acompañan a mi figura de pureta sedentario.

Por otra parte, me hacía ilu volver a ver a Pablo Carbonell, una de las pocas personas que, con su humor y su ironía, me reconcilia con la humanidad cual “hombre justo” que salva a Sodoma de la ira divina (o siendo menos bíblico, que me hace ver que hasta de Cádiz puede salir algo bueno). Como hace mucho –muchísimo– que no veo la tele, le había perdido la pista desde que dejaba en ridículo a “Espe” en CQC (el bueno, el de Wyoming, el que obligaron a cerrar algunas poderosas manos con olor a Opus). Por cierto, que pueden encontrarse videos con recopilaciones de su labor en el programa, pero resulta imposible conseguir ni uno sólo de las entrevistas a la “lideresa”… (¿casualidad? ¿conspiranoia? ¿censura?).

Ya andaba por San Pedro Kalea, por fin convertida en peatonal y atestada de gente ejercitando el noble arte del poteo, cuando me asaltó la nostalgia y el recuerdo se fue más atrás aún, hasta ese inigualable engendro que fue el grupo “Toreros Muertos” a mitad de camino entre Madness y La Orquesta Mondragón; y sus grandes éxitos, que marcaron a nuestra generación: “Yo no me llamo Javier“, “On the desk“, “Manolito”, “Tu madre tiene bigote” y sobre todo “Mi agüita amarilla“… ¡Qué tiempos!

Y aún más atrás, hasta aquel maravilloso programa supuestamente infantil que fue La Bola de Cristal. En él también participaba Pablo, junto a tantos otros de la “movida madrileña“, aunque las estrellas fuesen los Electroduendes, con la Bruja Avería a la cabeza, y su contraparte y presentadora, una joven e inconformista Alaska, que habría vomitado si hubiera sabido en lo que se iba a convertir con los años. Este programa se lo cargo otra poderosa mano del Sistema, la de la sociata Pilar Miró.

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Bueno, pues a lo tonto, a lo tonto, ya me encontraba frente al escenario (o lo más cerca que pude llegar) y acto seguido, como si me hubiese estado esperando, subió Pablo vestido para la ocasión (de “blue”) y armado tan sólo de su voz y su guitarra acústica. Me temí lo peor, lo que decía al principio sobre el sonido y la gente, y empecé a otear el mejor camino de escape entre la muchedumbre…

Empezó suavecito, desgranando temas de su último disco “Canciones de cerca” y salpimentándolos con sus coñas marineras. No en vano es un “cantactor“, como gusta de autodefinirse. Así se ganó rápido a un público variopinto, no sólo a los de mi/su edad, que ya estábamos predispuestos, sino también a esas inexcusables marujas que se apuntan a cualquier cosa que sea gratis. Fue subiendo la temperatura con sus “Sevillanas globales” y con el “Kalimotxo de mamá” para llegar al clímax con “Mi agüita amarilla”, que fue coreada entre risas por todo el respetable.

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Sin darme cuenta, ya había llegado a la mitad del concierto y no tenía ninguna gana de abandonarlo. Creo que no me había pasado algo así desde la presentación de “Juan Perro” que ofreció en restringida primicia mi compatriota Santiago Auserón en la renovada Sala Oasis, en el barrio zaragozano de “El Gancho”, donde ambos nacimos.

Siguió con sus parodias de clásicos modernos como “Letra B” (Let it be) y la genial “No me quite el pan” (Ne me quitte pas) que –para mí, claro– es cien veces mejor que el pastelón original de Jacques Brel. Volvió a la nostalgia con “Manolito” y terminó, en el inevitable “beste bat“, con la famosa “Ay que gustito pa mis orejas”, de la cual es autor y no Calamaro, como se creen algunos.

Había aguantado como un titán una hora y pico de concierto y me encontraba tan a gusto. Increíble. Aunque más valor tenía lo suyo, claro, que después de dejarse la voz en el escenario y sudar como un botijo con ese traje, fue capaz de aguantar con una sonrisa la marabunta que le rodeaba pidiéndole autógrafos y la típica fotito. Vale… lo reconozco: yo también estuve tentado. Y es que me pareció muy grande. Genial. Tanto que lo primero que hice al volver a casa fue recomendarles a mis amigos que no se lo perdieran, pues repetía sesión el domingo por la noche.

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Y es que hacen falta más “carbonelles” y menos “sabinas”; y lo digo sólo pensando en la música, sin tener en cuenta que el pseudo-progre farlopero es un repugnante pro-taurino y tiene la poca vergüenza de ir a actuar en Israel mientras siguen asesinando palestinos impunemente en el genocidio de Gaza.

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