El caballero del Verde Gabán

Publicado: 2013/05/18 de QK en trigas / aukerak
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Don-Quijote-de-la-ManchaCuando don Quijote llegó a casa del caballero del Verde Gabán, estaba muy contento; acababa de realizar una de las mayores aventuras de su vida: la de los leones. En la puerta esperaban a don Diego –tal vez un poco ansiosos por la tardanza– doña Cristina y Lorenzo. Doña Cristina es la esposa de don Diego; Lorenzo es su hijo. Doña Cristina se encuentra en esa edad en que las mujeres hacen soñar a los muchachos que están en los colegios; tal vez tiene una barbilla que se repliega suavemente sobre el angosto cuello del corpiño; acaso en sus ojos hay esa vaga melancolía, esa dulzura, esa añoranza que tenéis vosotras, buenas amigas, cuando estáis a punto de despediros de la edad loca. Lorenzo, su hijo, es un mozuelo absurdo y fantástico; Cervantes dice que su padre no ha podido hacer, por nada del mundo, que estudie leyes; esto le granjea nuestras más calurosas simpatías. Cervantes añade también que tampoco su padre ha podido lograr que trabaje en la teología; esto lleva hacia él con más fervor nuestros afectos.

Doña Cristina y Lorenzo están a la puerta de la casa; un criado, hace un momento, ha avisado que por el cabo de la calleja venía don Diego acompañado de otro señor extraño; al oír la nueva doña Cristina y Lorenzo han bajado corriendo. Y ya está don Quijote entre ellos; los dos se hallan llenos de una profunda estupefacción; acaso una turba de muchachos, que les ha ido siguiendo por las calles del pueblo, rodea el grupo; y es posible que estas buenas viejas, que no hacen jamás nada, se hayan asomado a las pequeñas ventanas que para este efecto hay debajo de los anchos aleros, y que algunos señores vecinos hayan aparecido en los umbrales de sus casas con sus redondos sombreros y la mano siniestra colocada en los pomos de las espadas. «¿Quién es –pensarán ellos– este hombre extraño que trae don Diego y que trae una media armadura, una rodela y un lanzón largo?» Entretanto, don Diego se apea, sonriendo, de su caballo, y dice, dirigiéndose a doña Cristina y señalando a don Alonso:

–¡Recibid, señora, con vuestro sólito agrado, al señor don Quijote de la Mancha, que es el que tenéis delante, andante caballero y el más valiente y el más discreto que tiene el mundo!

Quijote.DoreDon Alonso, al acabar de pronunciar estas palabras don Diego, se inclina con una profunda cortesía; doña Cristina dobla la cabeza y sonríe con una de esas ligeras sonrisas que vosotras, buenas amigas, tenéis y que nos confunden un poco, puesto que no sabemos si son de ingenuidad o de ironía. Y sea, en fin de cuenta, lo que fuere, ello es que, después de hecha también la presentación a Lorenzo, todos penetran en la casa. Cervantes ha tenido buen cuidado de decirnos que esta casa es anchurosa, cómoda; hay en ella un desahogado patio, una bodega, con su jaraíz, y una cueva; arrimadas a las paredes, en bella y simétrica ordenanza, aparecen unas rotundas tinajas, producto de los famosos alfares del Toboso. Don Quijote, durante un momento, ante estas vasijas, por natural asociación de ideas, recuerda a Dulcinea; Sancho, más práctico, menos idealista –no le tengáis rencor por esto–, es posible que sólo piense en el grato licor manchego. Luego todos franquean la puerta de la sala; la sala es la pieza principal de la casa. Se ven en ella un armario con libros amenos e instructivos, unos cuadros –en que los vivos colores aún no han sido velados por la pátina que hoy los oscurece–, unas cornucopias, un contador de ébano o de caoba, unos anchos sillones con asiento y respaldar entapizados. Don Quijote ha puesto sobre uno de estos sillones su celada, con majestuosa prosopopeya. Todos le miran en silencio, atónitos, estupefactos; en la puerta, una de esas criadas que Cervantes conocía tan bien (como la de Argüello o la Gallega de La ilustre fregona ) abre los ojos asombrada; Lorenzo y don Diego hablan con voz quedita en un rincón, en tanto observan, de rato en rato, a hurtadillas, a don Quijote.

–Pero ¿quién es este hombre tan extraño? –pregunta Lorenzo a su padre.

–No sé –contesta don Diego–. No sé; a veces parece un loco y otras creo que es la persona más inteligente y discreta que he tratado jamás. En definitiva: no puedo decir si es un loco o un sabio.

azorin.cuadro.mesetaY aquí, en esta perplejidad de don Diego, está todo el encanto, toda la atracción, todo el profundo misterio de esta maravillosa aventura. Don Diego es un hombre sencillo, honesto, discreto; en la casa se respira un ambiente de sosiego, de paz; los muebles están colocados simétricamente; todas las cosas diarias se hacen a las mismas horas; las comidas están siempre a punto cuando llega el mediodía y cuando llega la noche; a idénticos instantes se abren por la mañana las puertas y ventanas y se toca a retirada por la noche; se guardan y conmemoran todas las fiestas y sucesos de la familia; los manteles no están nunca manchados ni se verá jamás un desgarrón en los atavíos de las camas; la ropa blanca está guardada toda con cuidado en unos grandes arcaces de pino en que se ponen unos membrillos y unas olorosas raíces de enebro; en la alacena se apilan mantenencias y gollerías de toda especie; las zafras están llenas de aceite; la vidriada tinaja del pan aparece atiborrada de redondas y doradas hogazas. Y un silencio profundo, un silencio ideal, un silencio que os sosiega los nervios y os invita al trabajo, un silencio que Cervantes califica de «maravilloso» y que dice que es lo que más ha sorprendido a don Quijote, reina en toda la casa. Y este es un contraste que presta el hondo, el trascendental interés a esta página. En esta casa, este mismo espíritu de orden, este mismo apego al método en todas las cosas diarias, este mismo bienestar sólido, silenciosamente gustado, hacen nacer en sus moradores un íntimo, un suave egoísmo. No quiero que interpretéis malamente ahora esta palabra. Doña Cristina, don Diego, Lorenzo, son excelentes ciudadanos; cumplen bien sus deberes; se portan lealmente con los amigos; son afables, son discretos. Pero tal vez algo que salga del ambiente pacífico y cordial de esta casa les sorprende; acaso ellos no puedan tolerar una audacia, un contrasentido, una impetuosidad, una acción loca y generosa, que de pronto eche abajo todo nuestro método cotidiano, todas nuestras pequeñas voluptuosidades, todas nuestras previsiones, toda nuestra lógica prosaica. Y bien: ¿comprendéis cómo en esta casa del caballero  del Verde Gabán ha de causar una emoción tremenda la llegada de este extraño personaje de la Triste Figura? Don Quijote no tiene plan ni método; es un paradojista; no le importan nada las conveniencias sociales; no teme al ridículo; no tiene lógica en sus ideas ni en sus obras; camina al azar, desprecia el dinero; no es previsor; no para mientes en las cosas insignificantes del mundo. ¿Qué hombre estupendo es éste? ¿Qué concepto es el suyo de la vida y qué es lo que se propone andando en esta forma por los caminos?

Lorenzo.lee.QuijoteDon Diego no lo sabe; él no acierta a decidir lo que es a punto fijo este caballero que ha traído consigo. ¿Es un loco? ¿Es un sabio? El conflicto acaba de plantearse en esta casa; ya las dos modalidades del espíritu –la que representa don Quijote y la que simboliza don Diego– se hallan en pugna. ¿Cuáles serán las consecuencias? La batalla va a decidirse en el alma del mozo Lorenzo. Lorenzo está indeciso: ama la poesía, el ideal, las lejanías vagas y románticas, lo desconocido, lo quimérico; don Diego, su padre, no ha podido hacer que se aplique a más provechosas y sólidas especulaciones; pero hasta ahora sus ímpetus, sus gustos, sus tendencias, se hallan reprimidas, retenidas por el ambiente sosegado y regular de esta vivienda; acaso con el tiempo, desengañado de sus quimeras y sus ensueños, hubiera llegado a ser un excelente agricultor o un laborioso mercader. Y de pronto aparece en la casa este absurdo don Alonso Quijano. Lorenzo y don Quijote tienen una animada charla; Lorenzo lee sus poesías al caballero errante.

–¡Viven los cielos –grita entusiasmado don Quijote–, viven los cielos, mancebo generoso, que sois el mejor poeta del orbe!

Ya la batalla está perdida, o, si os place, ganada. Lorenzo no será ni agricultor ni comerciante. Y yo os pregunto, amigas mías, buenos amigos: ¿qué creéis que importa más para el aumento y grandeza de las naciones: estos espíritus solitarios, errabundos, fantásticos y perseguidores del ideal, o estos otros prosaicos, metódicos, respetuosos con las tradiciones, amantes de las leyes, activos, laboriosos y honrados, mercaderes, industriales, artesanos y labradores?

Sintamos una cordial simpatía por los primeros; pero, al mismo tiempo –y ésta es la humana y perdurable antinomia que ha pintado Cervantes–, deseemos tener una pequeña renta, una tiendecilla o unos majuelos.

Azorín, Con Cervantes (Madrid, 1944, pp. 21-25)

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