Abbadia Jauregia

Publicado: 2011/08/12 de QK en Basconia / Euskal Herria, foticos / argazkiak
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Anton Abbadia, astrónomo, geógrafo, antropólogo, médico, numismático y lingüista, nació el 3 de Enero de 1810 en Baile Átha Cliath (Dublín), de donde era su madre (Elizabeth Thompson), en tanto que su padre (Michel-Arnauld d’Abbadie) era natural de Ürrüstoi (Zuberoa). Cuando contaba diez años de edad, la familia se trasladó a Tolosa (Languedoc), donde Anton realizaría estudios jurídicos, literarios y científicos; también fue en esta época cuando concebiría el proyecto de explorar África.

Su estancia en Etiopía duró una docena de años, logrando resultados científicos de gran valor, aunque algunos autores sostienen que el auténtico motivo de su búsqueda era encontrar restos de la civilización lemur, cuyos orígenes han sido situados en esa región por algunos “estudiosos” de la tradición esotérica. Abbadia también dedicó gran parte de sus esfuerzos a localizar las fuentes del Nilo, e incluso creyó haberlo logrado, a pesar de que poco después de su muerte se supiera que estaba equivocado. A su regreso, se instaló en Lapurdi; afincado en Urruña, hizo construir a orillas del mar el fascinante y misterioso castillo Abbadia en el término de Hendaia.

Euskaldun, euskaltzale y apasionado mecenas de la cultura vasca, en 1853 fue el organizador de las primeras Euskal Jaiak en Urruña, siendo también el primero en impulsarlos en la Alta Navarra, en Elizondo, el 25 de julio de 1879, con la Asociación Euskara de Navarra. Fue conocido como “el padre de los vascos” y él mismo acuñó el Zazpiak Bat para Basconia. Elegido miembro de la Academia de las Ciencias de París en 1867, de la que era corresponsal desde 1852, fue proclamado presidente de la misma en 1882. A los 39 años contrajo matrimonio con Virginie Vincent de Saint Bonnet, perteneciente a una familia de la nobleza francesa, aunque murió sin hijos. Junto a ella llevó una existencia erudita, repartida entre sus expediciones científicas, la publicación de sus trabajos, las observaciones astronómicas y su pasión por la lengua y la cultura vascas. También fue alcalde de Hendaia. Está enterrado junto a su esposa en la capilla del castillo, que fue donado por él a la Academia para llevar a cabo sus investigaciones.

El castillo en cuestión es pa’ flipar por dentro y por fuera. Construido en estilo neogótico por el gran arquitecto Eugène Viollet-le-Duc entre 1860 y 1870, está repleto de detalles esotéricos tanto en su ornamentación exterior como en la variopinta y abigarrada decoración interior; detalles sobre los que es casi imposible encontrar información, así que habremos de conformarnos con este estudio descriptivo y con la página multimedia de la Academia (ambos muy recomendables, así que no seáis perruzos y echadles un vistazo al menos).

Ya lo había visitado un par de años atrás, pero en esta ocasión, además de la inmejorable compañía de Merche y Fabiola, era de agradecer que el día estaba nublado y el sol no me achicharraba la cocorota (se aprecia en las fotos: las soleadas son las que he aprovechado de la otra vez). Claro que eso también tenía su contrapartida negativa: cuando “no hace bueno”, el populacho abandona su entorno playero habitual e invade áreas que le son extrañas por aquello de “hacer algo”, con lo que el château estaba contaminado por un exceso de homínidos con sus correspondientes cachorros gritones y maleducados, y no pudimos iniciar la visita hasta las seis de la tarde.

Una vez dentro, pude comprobar que poco había cambiado en estos dos años: el precio había subido (6,30€ sin visita guiada ni nada), pero al menos el papelucho arrugado y casi ilegible que te daban antes (y que para colmo había que devolver a la salida) se había convertido en un pequeño cuadernillo plastificado, aunque igual de cutre; los cuatro libros rancios que hay están todos en francés, y el único folleto (un triste folio doblado en tríptico) disponible tan sólo contenía la traducción (al francés, claro) de las inscripciones en diferentes lenguas (euskara, gaélico, árabe, amhárico, latín…) que hay por todo el castillo ¡…y costaba tres eurazos! Ah, y seguía estando prohibido hacer fotos, aunque fuese sin flash (obviamente, no hicimos ni puñetero caso).

Total que, una vez terminada la visita, y para superar el ataque agudo de gabachofobia, nos fuimos de poteo por la no-tan-bella Oiasso y calmamos nuestros ánimos con las croquetas del Callejón y las bolas del Gaztelu, bien regadas con sus correspondientes crianzas… que van muy bien para la meditación trascendental 😉

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comentarios
  1. Merche dice:

    A meditar lo que se dice a meditar….pues no ayudan mucho los crianzas, pero cada cosa tiene su momento.
    Bonito reportaje sobre una agradable jornada. Lo tuyo es la comunicación, y no me haces caso…… por cosas como esta pagan si te lo montas bien

    • QK dice:

      Muchas gracias, MaryMer, tú siempre tan amable :’)
      Si yo te hago caso; lo que hace falta es que también te lo hagan los que supuestamente pagarían… jiju!

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