La mujer del farmacéutico

Publicado: 2011/06/19 de QK en trigas / aukerak
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Conocí al hombre que sería mi marido cuando llegó a nuestro pueblo; supe por otras voces que era farmacéutico, con intenciones de radicarse para ejercer su profesión y comercio entre nosotros. En sí el pueblo no es gran cosa, nunca me quedó claro qué le vio ni lo que buscaba; lo único que destaca es la doble avenida que lo cruza a lo largo como una cesárea; seis calles atraviesan esa avenida y nada más. La vida -por llamarla así- cultural, política y religiosa del pueblo se localizaba en los alrededores de la única plaza. La iglesia, el banco provincial, la escuela primaria manejada por monjas, el Ayuntamiento, la comisaría, el cuartel de bomberos voluntarios, un supermercado, un par de casas de ventas de ropas, un viejo cine, una estación de servicio, la empresa cooperativa distribuidora del servicio eléctrico, del gas, el agua y muy poco más. A las 10 de la noche, los siete días de la semana, el pueblo duerme. Sus ritos religiosos se cumplen -sí o sí- los fines de semana y en ellos no faltan las largas procesiones.

Mis padres, ya ancianos por entonces, se pusieron felices cuando supieron que su única hija era frecuentada por el joven profesional dedicado al comercio de remedios y chupetes gracias a su título universitario. Mi experiencia en amoríos era bien poca o casi nula; incluso llegué a los 30 años virgen, no por falta de oportunidad, sino de alguien que despertara en mi interés por perderla. Lo cierto es que pronto me di cuenta de que el joven profesional tenía un limitado universo en su lenguaje, el cual se reducía al comercio farmacológico, las enfermedades y sus consecuencias, y poco más. Eso sí, se preocupaba por sus manos, la pulcritud de su aspecto en general, sus camisas limpias y bien planchadas, el largo de sus cabellos, y las inoportunas apariciones de acné en su rostro siempre tan delicado y lampiño; disimulaba mal sus movimientos afeminados, sobre todo al cruzar las piernas al sentarse. Cuando hablábamos de antiguos amores, ninguno de los dos teníamos mucho que decir: yo, porque ningún merecía ser recordado y él, porque en su única experiencia amorosa era un amor reciente del que nunca hablaría, pero por el que me confesó que había sufrido mucho.

Nos casamos un jueves. Fuimos de luna de miel a la capital de la provincia, estuvimos una semana y fue entonces cuando perdí mi virginidad. Desde entonces siempre hicimos el amor de la misma manera, esto es, una felación, unas mamadas de pechos para que masturbara y así alcanzara mi orgasmo, una penetración vaginal y luego anal donde él se descargaba siempre. Otra costumbre que se afianzó entre nosotros fue dormir en camas separadas; primero en el mismo cuarto, después en habitaciones diferentes. Este fue nuestro mayor secreto; ni mis padres habían hecho semejante cosa, pero bueno, cada hogar es un mundo.

Mi vida social cambió, por supuesto, pero no mucho; yo colaboraba en la atención de la farmacia y la alternaba con la de la casa. Ambos mundos funcionaban en el mismo inmueble y sólo los separaba una puerta disimulada en uno de los lados. En cambio, mi vida sexual continuó siendo tan pobre como siempre y apenas si notaba la diferencia con respecto a mi pasado de soltera. Con el correr del tiempo, nuestras sesiones de sexo se fueron distanciando, alcanzando fácilmente el mes sin tocarnos. Por lo general era yo quien tomaba la iniciativa al visitarlo en su cuarto, nos dábamos unos besos previos, mutuas sesiones de sexo oral, me masturbaba para alcanzar mi orgasmo y seguíamos con una penetración rápida con eyaculación casi instantánea, antes de quedarse dormido sin esperar a que me fuera de su cama.

Mis amigas tenían cara de cierta felicidad, en cambio en la mía fue acentuándose la tristeza, acompañada por desasosiego, aburrimiento, insomnios prolongados y un irrefrenable deseo de llorar. Con frecuencia me despertaba en la madrugada para llorar en silencio, mordiendo la almohada para no despertar a mi esposo. Para colmo, la insignificancia del pueblo era tal que ni empresa de televisión por cable existía, y mi marido, que se oponía a todo aquello que pudiera traerle el recuerdo de su antigua vida ciudadana, se negaba de manera sistemática a la instalación de la televisión por satélite, con la que hubiera acompañado aquellas monstruosas noches de insomnio.

La crueldad de la paradoja se traducía en la facilidad conque mi esposo se dormía, llegando incluso a roncar como una verdadera bestia en su cama, que por entonces ya habíamos instalado en una habitación contigua a la mía. Sin decir nada al respecto, pero como un acuerdo mutuo, solíamos cerrar cada uno la puerta de nuestras habitaciones para que yo pudiera dormir sin ser molestada por los ronquidos. Una noche de tantas sin pegar un ojo, me sobresaltó el ladrido de un perro; por lo general los perros ladran y punto, pero aquel lo hacía con tanto énfasis que despertó en mí la curiosidad. Me levanté sin hacer ruido, me calcé las zapatillas de noche, y vestida con mi camisón de raso de color miel, que me llegaba hasta las pantorrillas, me asomé por la ventana de nuestro comedor, ya que la farmacia ocupaba todo el frente de la casa. Abrí una de las hojas de la ventana que me permitía salir al jardín sin necesidad de usar la puerta. Me asomé para poder mirar mejor hacia la calle y, como no escuchaba nada, ni mucho menos veía algo, me acerqué caminando entre las plantas hasta las rejas de acero con la única intención de espiar con más detalle lo que estaba pasando. Fue entonces cuando escuché voces: eran dos jóvenes que venían hablando entre sí; uno de ellos era el hijo de nuestro vecino, que estaba estudiando en la Universidad y que por esos días visitaba a sus familiares, y al otro no lo conocía. En silencio retrocedí hasta ocultarme y me quedé quieta entre las plantas, inmóvil, mirándolos mientras pasaban frente a nuestro jardín.

-Y aquí vive el farmacéutico –dijo el hijo del vecino.

-¿El que tiene una esposa que está muy buena?

-Si, está muy buena, tanto que nunca nadie se ha explicado qué mierda hace con un marica como el que tiene por marido.

-¿Marica? –preguntó el otro tan sorprendido como yo– ¿Es de la otra acera?

-Eso se dice –respondió el otro–. Así son los pueblos: cuanto más pequeños, mayor es su infierno. Dicen que lo han visto en cosas raras…

-¿Y la mujer lo sabe?

El hijo del vecino suspiró antes de responder.

-Vete a saber…

-¿Pero está buena de verdad?

-¡Buhhh! No sólo es guapa, medio rubia, alta, delgada, sino que tiene un culo redondito y firme, un buen par de piernas…

-¿Y las tetas?

-Bueno, ese es su punto flojo… –me toqué de inmediato los pechos para comprobar el tamaño– …pero tiene otros a favor, es simpática, tiene una sonrisa hermosa y una cara de mal follada que ni te cuento.

Ambos sonrieron, el amigo se llevó la mano a su bulto antes de decir:

-Mañana podríamos venir a verla.

-Si es por verla, podemos hacerlo ahora…

-¿En serio?

-Si, ella es la que atiende en la noche. El marido duerme; en cambio, ella se queda levantada y atiende la farmacia de noche. No olvides que es la única que hay en el pueblo y en muchos kilómetros a la redonda, así que por fuerza están obligados a atender.

El otro soltó una risa pícara. Decidido, fue a tocar el timbre pero el hijo del vecino se lo impidió.

-¿Qué haces? ¿Estás loco?

-¿No dices que están obligados a atender a cualquier hora? ¿En qué quedamos?

-Sí, pero una emergencia, no una estupidez.

-Bueno, lo mío es una emergencia –forcejeó con el otro para tocar el timbre– hace más de una semana que no pruebo carne de mujer.

-Vale, de acuerdo, pero puedes hacerlo mañana.

-Mañana será otro día, yo quiero ahora.

Y tocó el timbre. En absoluto silencio volví al comedor de la casa y luego fui a la farmacia tal como estaba vestida. De haber sido una noche normal, me hubiera puesto algo encima pero, por muchas razones, creí conveniente atender a aquel joven osado en camisón. Fui hasta la puerta y por la ventanita lateral, descubrí que el hijo del vecino se había esfumado, tal vez muerto de vergüenza o con la actitud cómplice de aquél que sabe que su amigo va a tratar de seducir a una mujer. Le pregunté qué deseaba. Fingiendo afonía, dijo algo que no entendí, pero como estaba al tanto de sus intenciones, hice algo que nunca había hecho en toda mi vida de esposa de farmacéutica durante la noche: abrí la farmacia.

-Adelante.

Sonrío con amabilidad, entró y no bien lo hizo, cerré otra vez con llave. Era un chico alto, de cabello largo. De lejos se notaba que era mundano; tenía una mirada pícara en sus ojos y una sonrisa muy bella. Se tocó la garganta mientras se acercaba a mí para pedirme pastillas de menta. Fui hasta el mostrador, seguida por él muy de cerca. Por los espejos que teníamos en las estanterías, puede comprobar que me miraba el culo.

Puse sobre el mostrador dos marcas de paquetitos de pastillas de menta de distintos precios, ambos muy económicos. Por supuesto, eligió el de menor precio, aunque yo estaba dispuesta, a esas alturas, a regalárselas. No tenía la certeza de si por la frescura propia de la noche o la excitación que me provocaba aquel chico, mis pezones se habían endurecido y él no tardó en percatarse de ello.

-Veo que por mi culpa tienes frío.

Iba a disculparlo, pero siguió hablando.

-Se te han erizado los pezones…

Me miré y en efecto, las puntas redondas se pronunciaban de tal forma que ambas levantaban la tela de mi camisón. Para completar la escena, uno de los tirantes resbaló por un costado de mi brazo, dejando casi desnudo mi pecho derecho. Fui a ponerlo en su lugar pero me lo impidió. Fingí horrorizarme, pero en realidad me sentía muy excitada por aquel joven y no deseaba otra cosa que entregarme a él. Le pedí que se marchara. Sonriendo, dijo que no. Sin dejar de mirarme a los ojos, deslizó su mano por encima de mi brazo, siguió por el hombro, rodeó mi pecho y de inmediato hizo que apareciera en todo su esplendor, cosa que aprovechó para acariciar el pezón con sus yemas, como si lo pellizcara suavemente. Abrí la boca para soltar un suspiro. Casi al instante su otra mano hizo lo mismo con mi otro pecho. La visión y sobre todo el tacto de mis tetas desnudas en manos de otro hombre que no fuera mi marido dio rienda suelta a mi desenfreno.

Tomé con mis manos su nuca y lo besé. -Él respondió con más énfasis a ese beso. El paso siguiente estaba cantado, pero no podía introducirlo en la casa, en mi cama, que es donde más lo deseaba. Si me lo hubiera pensado un poco, no habría dado el paso que di, así que tome su mano y casi lo arrastre al otro lado del mostrador, apagando la luz al pasar junto al interruptor general. La farmacia quedó iluminada con la luz anaranjada de la calle y volvimos a besarnos mientras mi camisón caía a mis pies. Nos besábamos con desesperación, al menos así lo hacía yo, en tanto nuestras manos nos prodigaban mutuas caricias por todo el cuerpo. Cuando sus manos se hundieron bajo mis bragas creí que iba a estallarme el corazón ahí mismo.

Tardé en quitarme las bragas lo mismo que él en despojarse de toda su ropa. Ya desnudos, volvimos a abrazarnos y a darnos esos riquísimos e intensos besos donde nuestras lenguas se enredaban entre sí. Su hermosa erección se aplastaba contra mi vientre. Nos fuimos moviendo hasta llegar detrás de la caja, donde mi esposo tenía una silla de plástico blanco, que solía ocupar para leer o escuchar música mientras esperaba los clientes. Hice que se sentara y, antes de que me lo pidiera, me arrodillé para devorar su virilidad endurecida hasta los pelos. También estaba decidida a tragarme toda su producción de esperma cuando sobreviniera, así que, pasado un tiempo sin medida, explotó en mi boca, asegurándose que sintiera el salobre y tibio gusto de su hombría; sólo hizo que lo soltara cuando la flacidez era irreversible.

Mientras me acomodaba en la silla y él ocupaba mi lugar entre mis piernas, eché una ojeada a la puerta que comunicaba la farmacia con la casa: nada. Yo deseaba que chupara mis pechos, que su lengua acariciara mis pezones, pero hizo caso omiso a mis silenciosos gestos. Besó mi cuello, entre mis tetas, mi vientre, mi ombligo, mi pubis, hizo que separara las piernas y un minuto después tuve que tragarme mis propios aullidos de placer para no despertar, no sólo a mi marido, sino a toda la manzana.

Con mi marido teníamos ese tipo de prácticas, pero aquello no podía compararse: su lengua parecía imbatible, poseía una agilidad prodigiosa en esos menesteres, tanto que no hizo más que apurar mis intensos orgasmos. Cuarenta años de vida y era la primera vez que vivía algo tan intenso. Tomar conciencia de eso me hizo llorar; el chico pensó que de felicidad, pero yo sabía que era de pena por tantos años desperdiciados.

No tardé en cederle mi lugar en la silla para sentarme en su regazo, sintiendo que su renovada erección se enterraba dentro de mí. Ayudada por sus manos, que se aferraban mis nalgas, dejé que ese chico, al que le llevaba casi veinte años, se moviera a gusto dentro de mí. Cada vez que sentía que iba a eyacular me detenía lo suficiente para ayudarlo a superar el momento y después, con renovado vigor, volvía a cabalgarlo. Tampoco me importó que se corriera dentro, que me inundara con su leche; nunca deseé tanto como esa noche quedar embarazada. ¡Ay, dios, aquello si que era delicioso y mucho más gratificante que todas las procesiones juntas hasta el Vaticano! ¡Por favor, como se movía ese chico! La sacaba casi toda y luego me la enterraba por completo mientras con sus dedos acariciaba el clítoris. No exagero si digo que, en ese momento, tenía la sensación de ser una presa que estalla y derrama el agua, río abajo, con tanta intensidad que inunda pueblos enteros a su paso.

Volví a tener un orgasmo apocalíptico y, justo después, explotó bien adentro aumentando la magnitud de mi excitación. Además de gozar de su cuerpo, sentí una auténtica felicidad por haber hecho que él gozara y me lo demostrara soltando sus chorros blancos mientras me besaba o acariciaba mis hombros o mi espalda; no he vuelto a sentir tanto placer como aquél. Nos quedamos así, abrazados uno contra el otro. Volví a mirar hacia la puerta; permancía cerrada, pero en ese instante no me importaba en absoluto si mi marido podía descubrirme o no.

Mientras recuperábamos el aliento nos contamos algo de nuestras vidas. Yo no dejaba de juguetear con su sexo flácido, moviéndole la piel para desnudarle el glande y esas cosas. No hizo falta que nos dijéramos nada: cuando la tuvo dura otra vez, me levanté para apoyarme en el mostrador y así ofrecerle el culo. En ese momento escuchamos un extraño ruido, lo que hizo que nos quedáramos petrificados. Miré si la puerta seguía cerrada y, al parecer, sí. El chico me miraba con los ojos muy abiertos, y yo le hice un gesto de que se quedara quieto y no hablara. Pasados unos minutos sin que volviera a romperse el silencio, tomé mi camisón, me lo puse, hice lo mismo con mis bragas, fui hasta la puerta y, antes de abrirla, miré al chico: seguía inmóvil, de pie, desnudo, cerca de la caja. Los números de la hora de la registradora manchaban de verde su desnudez juvenil. Abrí, me asomé, y di unos pasos en el comedor tratando de distinguir algo en la oscuridad. Pero no, nada. Más animada, fui hasta el cuarto de mi marido, me asomé y éste dormía aunque no roncaba. Volví de nuevo donde estaba mi joven amante, pero toda la magia ya había desaparecido. Lo ví vestirse mientras nos despedíamos, le abrí y luego se alejó, no sin antes darme un breve beso en los labios.

Fui al baño y regresé a mi cuarto. Cuando me disponía a acostarme, sonó de nuevo el timbre de la farmacia. Como si tuviera un resorte, me levanté y salí convencida de que mi joven amante había olvidado algo y deseaba recuperarlo, pero en el umbral del pasillo vi la figura de mi marido, que regresaba de la cocina.

-¿Quién será a estas horas?

-No… No sé –fue mi respuesta cargada de nervios.

-Vuelve a la cama, ya voy yo a ver.

Me quedé quieta donde estaba. No deseaba lo más mínimo que mi marido fuera a la farmacia y encontrara alguna prueba de mi infidelidad, pero nada podía hacer.

-¿No te he dicho que vuelvas a la cama? –insistió con evidente muestra de enojo.

Por supuesto que lo hice, pero no bien escuché que abría la puerta del comedor que comunicaba con la farmacia, di unos cuantos saltos para poder espiar. Era él, mi amante. Otra vez fingía ronquera y pedía un paquete de pastillas. Mi marido le recriminó que llamara por unas pastillas que bien podían esperar unas horas, pues ya amanecía. Lo atendió por la ventanita, de mala gana; le dio los caramelos y le cobró el doble, para luego despedirlo agriamente.

Fui hasta el ventanal que daba al jardín, por donde me había asomado antes, y pude ver a mi chico tirar el paquete de pastillas a un costado y seguir su camino. Regresé a la cama y fingí dormir cuando apareció mi marido. Desde el umbral de la habitación me dijo:

-Era un imbécil que quería pastillas para la garganta –hizo una pausa para ver mi reacción. Seguro que habrá estado por ahí revolcándose con una alguna puta malfollada y el frío le ha cogido la garganta ¿no te parece?

No le constesté; unas lágrimas rodaron por mi mejilla. Se alejó riendo hasta su habitación.

Nunca mencionamos este incidente. Ambos fingimos que nunca existió.

 La Mujer del Boticario de Anton Chejov [adaptación libre]

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