La lamia enamorada

Publicado: 2010/12/02 de QK en Basconia / Euskal Herria, trigas / aukerak
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Una vez un joven pastor de Orozko, en Bizkaia, llamado Antxon, andaba por el monte con su rebaño cuando oyó un canto maravilloso, y quedó tan asombrado que se olvidó de las ovejas y se dirigió hacia el lugar de donde provenía la voz.

Al separar unos matorrales vio algo que le dejó boquiabierto. Sobre una roca enclavada en medio del río estaba sentada la joven más hermosa que jamás había visto. Tenía el cabello largo y rubio, tan largo que le llegaba a los pies… Se peinaba con un peine de oro mientras cantaba una extraña melodia. Antxon no podía apartar sus ojos de ella.

En eso, la joven dejó de cantar y dirigió su mirada hacia los matorrales. Al ver al joven pastor, se zambulló fugazmente en el río. Al poco sacó la cabeza del agua, escondiéndose tras la roca, asomándose temerosamente… mientras el muchacho contemplaba, atónito, el juego. Finalmente, no volvió a esconderse y abriendo sus grandes ojos transparentes la preciosa lamia preguntó:

Nor haiz hi? (¿Quién eres?)

El pastor permaneció mudo.

Nor haiz hi? –insistió la joven

Antxon, ni naiz Antxon –acertó a responder al fin. Eta zu? (¿Y tú?)

La joven lamia se echo a reír y no respondió, zambulléndose de nuevo. El pastor esperó y esperó, pero al ver que no salía, regresó al pueblo confuso. Durante unos cuantos días no salió de casa, y no podía dejar de pensar en la joven del río. Por fin se decidió y cogió otra vez el camino hacia el monte. A medida que se acercaba al lugar, de nuevo escuchó aquel canto angelical, y se sintió feliz.

La hermosa joven, al igual que la vez anterior, peinaba sus cabellos rubios sentada encima de la roca junto a la cascada. Al ver a Antxon dejó de cantar y le sonrió.

Egun on, Antxon –dijo–. Te estaba esperando.

–¿A mí? –preguntó, estupefacto.

–Sí, a ti. Acércate, acércate.

Antxon se aproximó a la orilla, y allí se sentó. Pasó el tiempo y ninguno de los dos hablaba, sólo se miraban.

–¿Te casarás conmigo? –preguntó la joven lamia cuando el sol comenzaba a ocultarse.

–Sí –respondió Antxon.

En señal de compromiso, la joven le entregó un anillo, que él se puso en el dedo anular al instante.

Tras la despedida, el joven volvió corriendo a casa y dijo a su madre:

Ama, ¡voy a casarme!

–Pero, hijo… ¿con quién? –preguntó su madre, asombrada, pues no sabía que su hijo tuviese novia.

–Con la joven más hermosa del mundo. Vive arriba, en el monte, junto al río.

–Pero, ¿quién es? –insistió la madre.

–¡La mujer más hermosa que he visto en mi vida!

–¿Cómo se llama? ¿Quiénes son sus padres?

–Es la más hermosa, la más hermosa…

La madre llego a la conclusión de que su hijo estaba hechizado. Salió presurosa a la calle, habló con sus vecinos, con la abuela, con el tío, con el cura… Todos le aconsejaron de forma distinta: si es bruja, esto… si es lamia, lo otro… si es extranjera, aquello… Finalmente, el hombre más viejo de Orozko dió también su opinión:

–Si es lamia, tendrá los pies de pato –sentenció.

La madre regresó a casa e hizo prometer a su hijo que miraría los pies a su novia. Después de mucho insistir, Antxon prometió que así lo haría, que miraría los pies a su hermosísima novia.

De pronto, se apoderó de él un gran deseo de verla de nuevo, y echó a correr hacia el monte.

Su enamorada se estaba bañando y jugueteaba con los peces, entraba y salía del agua como un delfín y su risa era como el sonido de mil cascabeles. Se acercó silenciosamente, queriendo darle una sorpresa pero… ¡ay, los pies de su amada no eran como los de todo el mundo!

–¿Estaré soñando? –se preguntaba, incrédulo.

Los pies de la joven parecían…, no, ¡definitivamente eran pies de pato! Antxon se quedó paralizado por el estupor y después regreso al pueblo con el corazón destrozado. Al entrar en casa, su madre, que le esperaba, notó que algo extraño sucedía.

–¿Y qué, hijo, qué ha pasado? ¿Has visto sus pies? –le preguntó impaciente.

–Son como los pies de los patos… –murmuró el joven.

–¡Es una lamia! No puedes casarte con ella, ¿lo oyes? ¡Los humanos no se casan con las lamias!

Antxon, preso de una gran tristeza, se metió en la cama y enfermó. La fiebre le hacia delirar, veía el rostro de su amada y oía su voz llamándole:

Zatoz, maitea, zatoz! (Ven, querido, ven)

Pero él nunca volvió, porque murió de pena.

El día del entierro, la lamia acudió a la casa de Antxon, se acercó al lecho, lo cubrió con una sábana de oro y besó sus fríos labios. Siguió al cortejo fúnebre hasta la puerta de la iglesia, pero, como todo el mundo sabe, las lamias no pueden entrar en las iglesias, así que regresó al monte llorando por su amor perdido. Tanto y tanto lloró que, en el lugar donde cayeron sus lágrimas brotó un manantial que recuerda para siempre el amor imposible entre la lamia y el pastor.

[Esta típica leyenda euskaldun fue recogida por Joxemiel Barandiaran y por Resurrección Mª de Azkue. Fuente: ACP. Versión teatral: Cervantesvirtual. Una aproximación más “festiva”: Quincequinces.]

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comentarios
  1. Bakene dice:

    Ze politaaaa

  2. miguel dice:

    moraleja: en vez de morir llorando por lo que no te atreves, atrévete y preparate para morir si ello fuera necesario, pero luchando por lo que amas.

    • QK dice:

      Hermosa reflexión, muy vitalista.
      “Lo que se hace por amor está más allá del bien y del mal”, F. W. Nietzsche

  3. […] cuando los primeros rayos tocan el agua oblicuamente, en ese momento hasta es posible ver las lamias danzar en sus ibons, eso sí, siempre que se disponga de un corazón puro. Así lo cuentan en San […]

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